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miércoles, 6 de julio de 2011

Historia de un vicio

Son las 9 am de un lunes cualquiera. Poco a poco voy abriendo los ojos. El sonido de la lluvia en la ventana me ha despertado. Lanzo un bostezo al mero estilo de los hipopótamos y me levanto de mi lecho para dirigirme al baño y empezar así mi día.
Lo primero que hago es mojar mi rostro para aminorar la somnolencia. Una vez hecho esto, tomo la suave toalla que se halla cerca del lavabo y seco mi cara, pero al terminar siempre termino frente a la imagen causante de tantas noches sin dormir…
Si, cada vez que me miro al espejo te puedo ver a mi lado, sonriendo como siempre, con ese par de ojos marrones que desprendían aquellos destellos cariñosos con los que me atrapaste… Y a tu lado se halla estática mi figura reflejada, con una mueca de terror, demacrada por las miles de noches que llevo sin dormir por culpa de tu ausencia…
Tantas noches en vela, buscando la respuesta al acertijo de tu adiós… Llorando amargamente tú partida… Preguntándome, ¿Acaso estará bien? ¿Se acordara de mí?
Me es tan tonto pensar en eso, sin embargo, muy dentro de mi la herida que dejaste aun punza, y me es imposible dejar de cuestionarme ante la luz plateada de aquel bello astro celeste fulgurante que noche a noche me hace compañía…
Una vez que reacciono, me deshago de mis ropas y me dispongo a tomar un cálido baño.
Cada gota de agua caliente que cae sobre mi cuerpo descubierto me recuerda a aquellas noches que solíamos pasar, abrazados el uno al otro, juntando nuestras bocas y nuestros corazones en aquel momento mágico que parecía no tener fin…
Cierro las llaves del agua y tomo mi toalla para secar aquel residuo líquido que dejó la regadera sobre mi cuerpo. Me dispongo a vestirme y seguir con mi rutina de todos los días: Desayuno, caminata a la escuela, un rato con los amigos antes de volver a casa, comer, hacer mis tareas y disfrutar mi noche, ya sea salir con mis amigos, o simplemente disfrutar de un buen libro o algo por el estilo y un exquisito vaso de vodka.
Y así lo hice. Como todo lunes lo hice sistemáticamente. Mis amigos se hallaban bastante atareados en ese día, puesto que ellos debían de acabar un trabajo que aplazaron durante días y que el profesor exigía que estuviera listo para entregarse al día siguiente. Eso significaba solo una cosa para mí: Otra noche más solo, siendo acompañado solamente por mi tortuosa pena.
Llegue a casa. Arroje la mochila hacia un sillón y me dispuse a preparar mi bebida. Una vez preparada le di un sorbo, sentándome en la barra de la cocina y recordando aquel cruel momento en el que te marchabas de mi vida… A los pocos minutos de haberme servido el primer trago mi vaso se hallaba ya vacío. Me serví de nueva cuenta, y de igual manera me lo terminé… De dos vasos pase a tres… Cuatro… Y luego tome la botella y tomé de ella directo.
Me hallaba ya muy alcoholizado. Mi vista estaba borrosa, mis movimientos eran torpes y tambaleantes, mi lengua se hallaba enredada, y de mis ojos brotaban lágrimas de dolor… Por más que tomaba no podía parar aquel dolor que me aquejaba…
Aquella imagen tuya, aquella despedida fría y aquel frío que helaba los huesos volvían a mi mente…
Poco a poco empezaba a perder el conocimiento, y justo antes de caer sobre el frío suelo, en mi lecho etílico, acerté a proferir las últimas palabras del día:
-Yo… Te… Amo…
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“Aunque se que te quiero en el olvido, tu amor es como un vicio que no quiero dejar.” Anónimo.