Pasa el tiempo y todo
cambia gradualmente. Lo que vivimos hace 5 años nunca volverá, pero se quedará
grabado en nuestras memorias por siempre. Así es la vida, tan bella y tan
sabia.
Hoy no soy el mismo chico
que fui hace 5 años, aquel chiquillo que creía que tenía el mundo a sus pies y
que podía con lo que se le pusiera enfrente. Era un chico al que le faltaba
mundo y humildad y al cual la vida termino despedazando, solo para que
recogiera sus pedazos y aprendiera que la vida nunca es fácil. Y nunca lo será
del todo.
En ese lapso de tiempo
entendí que el concepto que tenía de mi era demasiado ególatra, y que fue lo
que me orilló a mi destrucción, a recibir tan crudos golpes, uno tras otro, sin
oportunidad de detenerse a llorar la desventura. Era de “pararse y seguir”,
siempre recogiendo los pequeños trozos de mi ser que quedaban sobre el frío
suelo después de cada impacto, callando ante el dolor que vivía, solo mostrando
en pequeñas dosis mi realidad.
Un lustro hizo de mi lo que
soy, algo que nunca me arrepentiré de ser, y aunque aún vivo con miedo al
dolor, desconfianza y culpa infundada, sé que esta nueva etapa me hará
llenar esos huecos que quedaron dentro de mi.
Estoy en camino de cumplir
mi sueño, aquel que casi abandono ante lo adverso de mi situación, también
empiezo a reconstruir los lazos que alguna vez dejé que se debilitaran por
buscar ilusiones que nunca podrían ser, o que yo mismo magullé por cerrarme.
La vida sigue, y estoy aliviado de saber que reiniciaré mi vida desde donde la
dejé.
Agradezco de todo corazón a
mis pequeñas estrellas que siempre me iluminan y que siempre están pendientes
de mi, que se han aventado mis dramas, mis corajes, mis lágrimas, y mis cambios
de humor. Tal vez nunca halle manera correcta de agradecer todo lo que han hecho
por mi, pero trataré de devolverles lo que me han dado de la mejor manera que
tengo: siendo un buen amigo y escuchando atentamente todo lo que sus corazones
quieran expresar.
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