Necesito externarlo, me quema por dentro: Usted, mi Lord,
es un imbécil. Creyendo que vuestra verdad es incuestionable y absoluta, pero
hay dos cosas que hacen de vuestra “verdad” un chiste: no hay verdades
incuestionables y absolutas.
Si usted, gentil caballero de cabeza dura, cree que mis
palabras son sosas e infantiles, ¿entonces qué hace leyéndolas? Vuestra voluntad
le permite elegir lo que le plazca, entonces, ¿Por qué os quejáis del joven “insulso
y patético” que las externa? ¿No es igual de patético estar al tanto de quien
ya no os interesáis?
Tan culpable es
el que está atento como el que busca atención.
Yo no soy quien
para cuestionarlo, poseedor del “conocimiento
universal”, puesto que vuestra inteligencia es incomparable con cualquier ser
humano. Y claro está, que la última premisa es un vil sarcasmo. ¡Me río de mi
manera de mancillar vuestra buena imagen, amo y señor de la tierra de la
lucidez!
Este humilde
mancebo que se atreve a decir tales palabras espera con ansias la aparición de
su verdugo, quien ni tardo ni perezoso aparecerá en este mismo sitio y nos
mostrará que usted tiene el mismo potencial emocional de una tortilla, y la
misma visión unilateral del mundo que
aquellos que en tiempos inmemorables mandaban a matar a quienes se atrevieran a
levantar la voz.
Y con el mismo
atrevimiento con el que me dirigí a usted, mi estimado cabeza de nudo, me
retiro, no por cobardía, sino porque el discutir con una persona como usted y vuestros
seguidores no solo es perder el tiempo, sino arriesgarme a caer en el abismo de
estupidez en el que vive vuestra gente.
¡Buen día, mi
Lord!
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