El vacío me devora día a día, y me es muy difícil luchar contra el abismo en el que me estoy sumergiendo. Cada día se vuelve más y más difícil levantarse de la cama, poner la mejor cara y enfrentar al día a día. Todo ha perdido sentido, todo se ha vuelto un sinsentido infinito.
En una situación como la mía pareciera que todo está perdido, que no hay más por qué luchar, y cada palabra proveniente de otros puede doler cual hierro al rojo vivo, o servir como un medio de confort.
Pero...
Quisiera decir que que he perdido las ganas de luchar. Y eso es una mentira.
Dentro de mi hay seis fragmentos de un Daniel herido, y que de una u otra forma se resisten a morir. Cada uno hace su lucha de singular manera, ayudando al cabeza dura del Daniel real a mantenerse en pie de lucha.
Uno, una ternura andante, busca hacer de los momentos más pequeños una aventura, algo que se disfrute y que enriquezca el alma.
La valentía del pasado hace su presencia y pretende empujar la vida hacia adelante, fuera de esa vorágine oscura que solo causa pensamientos negativos.
Apoyando a la valentía desde lejos se encuentra la rudeza, que intenta desviar cada impacto que el corazón recibe, y crear una defensa lo suficientemente fuerte para sustentar al escuálido huésped.
No puede faltar también la inteligencia y la madurez, que trabajan mano a mano explicando el por qué los pensamientos negativos presentes no son válidos.
Finalmente, el último fragmento se halla callado, puesto que no es su momento de actuar. Se encuentra refugiado en los confines más profundos del interior y su influencia parece nula, sin embargo los sentimientos resultan ser la última parte de un plan en progreso.
Tal vez parezca que esta lucha interna no tiene fin, pero queda claro que esta situación es un proceso, y como tal tomará un tiempo antes de que la luz rompa aquello que hoy nubla mi cabeza y me hace sentir desamparado.
Al final de cuentas, la esperanza muere al último, ¿no es así?
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