Es inútil tratar de regresar al
pasado y recuperar algo que siempre estuvo destinado a ser fugaz. Es también
tonto creer que con un coraje se solucionaría todo, o que al menos podría
proteger mi integridad, la cual hallaba en su momento hecha jirones.
Es por eso que redacto estas
palabras, para expresar una verdad que ha llegado a mi desde hace un rato y que
he evitado aceptar por orgullo, lo cual, en mi opinión más consciente, es una
mamada de mi parte.
La verdad es que no hay nada que
odiar, mi vida pasó por una linda historia de amor, y así se debe de quedar en
mi memoria. Lo demás son detalles extra que fueron surgiendo a lo largo del sinuoso
camino en que se convirtió mi vida tras el adiós. Y digo, esto no justifica la
serie de puñaladas que recibí de algunas personas relacionadas con esta dulce
historia, pero tampoco me da el derecho de portarme como si yo fuera la víctima
de la historia. Ambas partes comparten culpa, y ambas partes merecen respeto,
pues no siempre las cosas son como uno de los interlocutores cuentan.
Así que ahí está, libero mi alma
de un rencor estúpido e innecesario. Hermanos, podéis ir en paz, el pendejo en
turno ha soltado la lengua al fin. Dejemos que nuestros actos nos pongan en
nuestro lugar, y ya nosotros forjaremos nuestro camino y nuestra penitencia a
lo largo del trayecto. Solo uno sabe qué cosas carga en su conciencia, y qué es
lo que lo llevará a querer darse de topes contra una pared.
Venga la vida, déjenme abrazarla,
que en esta ocasión puedo decir que soy sincero en cuanto al final del cuento
de hadas. Y ahora a arreglar mi vida amorosa, que por desmadritos terminé
abordando el tren del mame un par de añitos, y la verdad, eso no rifa.
Good grief.
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